Texto y Fotos | Celina Tavera de Correo del Sur para ¡OH!
Único | El Refugio Andino
Bramadero combina la nostalgia del pasado con un paisaje
fabuloso y una atención impecable a sólo 45 minutos de la
Capital
Al Refugio Andino Bramadero llega claramente el trinar de
los pájaros, la brisa del campo abierto y el silencio que se
hace sentir impetuoso entre la hierba fresca. Por la noche, la
luz de las velas hace aún más cálida la estancia desde que el
sol cae entre los bosques de pinos y eucaliptos que apenas
acaban de crecer.
El Refugio Andino Bramadero parece ocultarse del bullicio y
el quehacer de la gente, es un “agreste lugar de ensueño”
ubicado a 45 minutos de la ciudad de Sucre al que se llega por
un desvío en la carretera hacia la comunidad de Ravelo. Está
justo al pie de la cordillera de Chataquila.
Hace unos siete años, cuando Mabel Guereca de Cagigao y
Raúl Cagigao salieron en búsqueda de un sitio con plena
oscuridad para observar el firmamento y ampliar sus estudios
de astronomía, encontraron el Bramadero, el lugar indicado
donde el único aliento para continuar era el hermoso paisaje y
la frescura del aire que no alcanzaba para pensar en la
construcción de una edificación impecable como la que existe
actualmente.
Mientras se consume la leña de la hoguera, Raúl y Mabel
sonríen al saberse cómplices de un trabajo muy bien hecho y
apoyado en el esfuerzo y el cariño del uno al otro. Ese afecto
y apoyo mutuo es ahora la esencia para que los visitantes
sientan el calor de hogar mientras disfrutan de un encuentro
plácido con la naturaleza y la paz.
Comentan que apenas pensaban en una pequeña guarida para
refugiarse del incesante viento y las tormentas de la época
mientras permanecían en el lugar. Así comenzaron la
construcción de un pequeño cuarto que luego se convirtió en la
primera cabaña; esta edificación era insuficiente para cobijar
a todos sus familiares cuando decidían salir de Sucre. De esa
manera, empezaron una nueva construcción que con el tiempo se
convirtió en otra cabaña y, al final, luego de un prolongado
espacio de tiempo se alzaron en el lugar seis edificaciones
muy peculiares, cada una con diferentes características, pero
todas con calor de hogar y una combinación entre la nostalgia
y la alegría de apartarse del ajetreo, las reglas, los jefes,
las tareas de casa y la indiferencia de la ciudad.
“La madriguera del Oskollo”, “El ático de los Búhos”, “El
rincón de las Callampas”, “El charquito de la Atikala”, “El
nido de las Chulupías” y finalmente “La guarida de las
Águilas”, que es el edificio central, son los nombres de las
cabañas que fueron construidas en ese orden y sin pensar en un
proyecto acabado de lo que se quería hacer precisamente.
Cada una de las cabañas tiene una exquisita decoración que
a decir de Raúl se debe a la “joyita” que tiene por esposa,
que se ocupa de restaurar cosas que no se usan y adquirir
otras muy artesanales, antiguas o de mucho valor cultural para
ubicarlas en el rincón perfecto de la casa.
Lo cierto es que todo tiene un dulce sabor a pasado y se
advierte un orgullo a flor de piel por las cosas propias del
lugar, los objetos hechos a mano, que muestran costumbres,
colores y olores que forman parte de la historia de la gente
de la región. Con ese entusiasmo, Mabel y Raúl desvanecen los
tiempos duros de su memoria para comentar la satisfacción de
sus clientes cuando dejan el Bramadero.
Caminos y estrellas
Además de un descanso reparador en confortables cabañas con
baños privados, hogueras y veladas a la luz de las velas,
ofrecen caminatas y paseos por quebradas cercanas y los
bosques de pinos y álamos. Para los que prefieren más riesgo
hay un paseo al Peñón del Gato Diabólico, que requiere un poco
más de esfuerzo para observar desde la cima un espléndido
paisaje de toda la zona con múltiples cumbres y paisajes
verdes. Las caminatas son por riachuelos, roquedales, hasta
llegar a disfrutar de las aguas cristalinas que vienen desde
Cajamarca, pasar por lugares de historia con huellas de
dinosaurios y pinturas rupestres.
Raúl, que es un experto de la astronomía, brinda una amplia
explicación a los visitantes sobre los misterios y las
peculiaridades de esa ciencia que deja estupefactos a sus
visitantes en noches de atmósfera limpia. Cuenta con dos
telescopios con los que se puede ver una infinidad de
constelaciones ya que si en la ciudad se observan unas 200, en
el campo se ven unas 3.000, pero desde el Bramadero unas 5.000
por la escasa luz que se proyecta desde abajo.
Otra de sus amenas e interesantes conversaciones se refiere
a la astronomía andina y a las formas en que los llameros
pueden ver en medio de la oscuridad del campo entre las
estrellas y los escasos espacios oscuros del cielo donde no
las hay. Es un estudio que incluso traspasó fronteras por su
singularidad.
A
pedir de boca
Si de hablar de comida se trata, la experta es Mabel que
prepara una variedad de platos entre comida nacional e
internacional. El menú que ofrece es variado y de acuerdo a la
preferencia de sus huéspedes, incluso los vegetarianos, y todo
acompañado de bebidas de todo tipo. Los clientes encuentran el
buffet perfecto con artículos de la zona cocinados al punto
exacto conforme a la herencia de familia y a la experiencia
adquirida en años de dedicación a la cocina.
Lo que es necesario resaltar es la pulcritud en los
servicios pues en todos los detalles prima la limpieza y la
atención esmerada. Las constantes inscripciones que se
observan en el libro de quejas son la abundancia de comida,
las inigualables duchas y el exceso de amabilidad que nunca
está demás. Atendieron a todo tipo de clientes, desde los más
difíciles hasta los que ni siquiera se hacen sentir, pero al
final todos salieron muy a gusto y casi siempre volvieron a
visitarlos.
En el Bramadero se ofrece atención de puerta a puerta o los
anfitriones suelen recoger a sus visitantes desde el
aeropuerto Juana Azurduy de Padilla. Para acceder a los
servicios se deben hacer reservaciones en Sucre a los
teléfonos 64-55592, al fax 64-20356, o al celular 711-60651.
El precio es de 35 dólares por persona un día y una
noche.